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Marco Antonio Moreno 20 de diciembre de 2009

Esta gráfica es una versión actualizada del índice de la miseria y corresponde a la suma simultánea del déficit presupuestario como porcentaje del PIB y la tasa de desempleo. El estudio fue realizado por la agencia Moody’s y dado a conocer por The New York Times. El actual lider de este índice de la miseria es España, producto de una tasa de desempleo que llegará al 20% y un déficit público del 10% del PIB, que Moody’s estima para el 2010.
Los índices son elevados para muchos países como Estados Unidos y el Reino Unido, que el próximo año también batirán récords. De acuerdo a la investigación, la situación era diferente el año 2005, con Hungría y Grecia encabezando el índice de la miseria que llegaba a 15; el año 2000, Lituania y Letonia encabazaban la lista, mientras que en 1995, España también ocupaba el primer lugar.
Este índice de la desconformidad o malestar (discomfort index), fue ideado en los años 60 por el economista Arthur Okun, asesor económico de los presidentes Kennedy y Johnson. Okun construyó este índice con la suma simultánea de las tasas de desempleo e inflación. Como las tasas de inflación alcanzadas durante el mandato de Nixon en los años 70 por los abultados costos de la guerra de Vietnam, se dispararon, hicieron que el guarismo fuera rebautizado como “indice de la miseria”.
Y como ahora no tiene sentido hablar de inflación dado que en gran parte del mundo lo que se vive es deflación, el nuevo índice de la miseria incorpora los déficit públicos como indicador de miseria colectiva.
Este hecho nos demuestra que uno de los errores y horrores mayores del modelo económico vigente en los últimos treinta años, fue haber tomado el dogma de la tasa de inflación como el eje central de la política económica. Sólo miraron la tasa de inflación corriente (bienes y servicios), pero no vieron la inflación silenciosa de las propiedades y bienes inmobiliarios que crearon la burbuja. Ahora, el alto desempleo y los elevados niveles de endeudamiento tienen a los responsables de la política económica ante el dilema de una urgencia de planes de estímulo pero con realidades presupestarias que no pueden permitírselo.
Imagen | The New York Times